Bienestar femenino
¿Son las canas el problema?
Una cana frente al espejo puede desencadenar mucho más que una decisión estética. Reflexionamos sobre lo que hemos aprendido que significa envejecer siendo mujer, y por qué quizá la pregunta más importante no es qué hacemos con nuestro cabello, sino desde dónde tomamos esa decisión.
Hay un momento que muchas mujeres conocemos muy bien.
Te miras al espejo, separas un poco el cabello y ahí está: una cana. Después otra. Y otra.
Y casi automáticamente aparece un pensamiento que pareciera no necesitar demasiada reflexión:
"Ya me tengo que pintar el pelo."
Pero ¿por qué?
¿Por qué algo tan natural como el cambio de color de nuestro cabello con el paso de los años se convirtió, especialmente para las mujeres, en algo que sentimos que tenemos que esconder?
Tal vez el problema nunca fueron las canas.
Tal vez el problema es todo lo que aprendimos que significaban.
Cuando envejecer no significa lo mismo para hombres y mujeres
Nuestra cultura no suele mirar de la misma manera el envejecimiento masculino y el femenino.
Cuando un hombre comienza a tener canas, es común escuchar que se ve interesante, maduro, distinguido o incluso más atractivo.
En cambio, cuando una mujer decide dejar de teñirse el cabello, pueden aparecer comentarios muy diferentes:
"Se está dejando."
"Se ve más grande."
"Qué descuidada."
"Todavía está muy joven para dejarse las canas."
Y esas frases aparentemente inocentes revelan algo mucho más profundo: hemos aprendido a relacionar una parte importante del valor femenino con la capacidad de conservar una apariencia joven.
No se trata únicamente del cabello.
Se trata de lo que creemos que ocurre con una mujer cuando los signos del tiempo comienzan a hacerse visibles.
¿Qué sentimos que estamos admitiendo cuando envejecemos?
Quizá por eso descubrir una cana puede generar mucho más que una simple decisión estética.
Debajo del tinte puede existir una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué siento que estoy admitiendo cuando permito que los demás vean que estoy envejeciendo?
¿Que ya no soy joven?
¿Que puedo dejar de ser atractiva?
¿Deseable?
¿Visible?
¿Valiosa?
Estas preguntas no significan que teñirse el cabello esté mal. Tampoco que dejarse las canas sea necesariamente un acto de liberación.
Una mujer puede disfrutar profundamente cambiar el color de su cabello, maquillarse, cuidar su piel, hacerse tratamientos estéticos o jugar con su imagen. Todo eso también puede formar parte del placer, la creatividad y la expresión personal.
El punto no es qué decidimos hacer con nuestra apariencia.
El punto es preguntarnos desde dónde estamos tomando esa decisión.
¿Desde el placer o desde el miedo?
Esta quizá sea la pregunta más importante.
¿Me pinto el cabello porque me encanta cómo me veo o porque me aterra parecer mayor?
¿Me cuido porque disfruto hacerlo o porque siento que debo luchar constantemente contra cualquier señal de envejecimiento?
¿Estoy eligiendo libremente o estoy respondiendo a una exigencia que he interiorizado durante años?
La diferencia puede parecer pequeña desde afuera, pero psicológicamente es enorme.
Porque una cosa es elegir nuestra imagen y otra muy distinta sentir que debemos corregir nuestro cuerpo para seguir teniendo permiso de sentirnos atractivas, deseables o valiosas.
La juventud como medida del valor femenino
Durante décadas hemos recibido mensajes que relacionan belleza con juventud.
La publicidad, el cine, las redes sociales y muchas de nuestras conversaciones cotidianas refuerzan la idea de que envejecer es algo contra lo que debemos luchar.
Hablamos de productos "anti-edad", de borrar arrugas, cubrir canas, corregir manchas, recuperar firmeza o rejuvenecer.
El lenguaje importa.
Porque cuando todo cambio asociado al paso del tiempo es presentado como algo que debe ser combatido, podemos terminar viviendo nuestro propio envejecimiento como una pérdida progresiva.
Y quizá ahí aparece uno de los grandes desafíos de muchas mujeres al llegar a los 40, 50, 60 años y más: construir una relación diferente con una etapa de la vida para la que pocas veces nos prepararon.
Nos enseñaron mucho sobre cómo convertirnos en mujeres.
Pero quizá no tanto sobre cómo seguir sintiéndonos plenamente mujeres mientras envejecemos.
Dejar las canas tampoco debería convertirse en una nueva obligación
También hay algo importante que decir.
Liberarnos de una exigencia no debería significar crear otra.
No necesitamos convertir las canas en una prueba de seguridad personal ni juzgar a las mujeres que deciden seguir tiñéndose.
Una mujer no es más auténtica porque deja su cabello gris, ni menos libre porque disfruta pintándolo.
La verdadera libertad está en poder elegir.
Elegir teñirnos.
Elegir no hacerlo.
Cambiar de opinión.
Experimentar.
Disfrutar nuestra apariencia sin convertirla en la medida de nuestro valor.
Porque el objetivo no debería ser establecer una nueva forma "correcta" de envejecer.
El objetivo podría ser permitirnos construir una relación más consciente y más amable con nuestro cuerpo mientras cambia.
Tal vez necesitamos cambiar la pregunta
Quizá durante demasiado tiempo la pregunta ha sido:
¿Cómo puedo seguir viéndome joven?
Y podríamos comenzar a sustituirla por otras:
¿Cómo quiero vivir esta etapa de mi vida?
¿Cómo quiero relacionarme con mi cuerpo mientras cambia?
¿Qué significa para mí sentirme atractiva ahora?
¿Qué cosas me hacen sentir viva, sensual, interesante y conectada conmigo misma?
¿Quién quiero ser en esta nueva etapa?
Porque envejecer no significa dejar de ser mujer.
No significa dejar de ser atractiva.
No significa desaparecer.
Y tampoco significa que tengamos que renunciar al placer de sentirnos bonitas.
Quizá el verdadero reto no sea aprender a sentirnos bonitas a pesar de envejecer.
Quizá sea descubrir que podemos sentirnos bonitas, sensuales, interesantes y profundamente mujeres mientras envejecemos.
Y entonces, tal vez, la próxima vez que aparezca una cana frente al espejo podamos detenernos unos segundos antes de decidir qué hacer con ella.
No para obligarnos a dejarla.
Ni para obligarnos a cubrirla.
Sino simplemente para preguntarnos:
¿Esta decisión viene del placer… o viene del miedo?
Porque quizá las canas nunca fueron el problema.
Quizá solo nos dieron una oportunidad para empezar a cuestionar todo aquello que nos contaron sobre lo que significa ser mujer, ser bella y envejecer.
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